19 días y 18 noches por la dignidad de un pueblo
Angélica García

Pluma No. 5 - Invierno 2006

Dedicado a Juan de Dios, por su libertad y la de todos los presos oaxaqueños.

Fueron 19 días de caminata, siguiendo las carreteras que cortan el paisaje mexicano desde la costa oaxaqueña hasta la capital del país. Cientos de oaxaqueñas y oaxaqueños que avanzaban sobre el asfalto caliente, y dormían a la orilla del camino por la noche.

Era la Marcha-Caminata por la Dignidad de los Pueblos de Oaxaca, en la que participaron 400 delegaciones del magisterio de ese estado, miembros de la APPO y de otras organizaciones.

¿Qué impulsa a un grupo de personas a caminar 480 kilómetros? Tal vez la esperanza de saber que su esfuerzo podía culminar con la caída del asesino, Ulises Ruiz, tal vez en parte las muestras de solidaridad que fueron encontrando en el camino.

Hubo trayectos solitarios que eran acompañados por el esporádico apoyo con claxon de un automovilista que se cruzaba en su camino carretero, pero también hubo momentos de fiesta, de emoción. La Marcha-Caminata debió haber dejado un recuerdo indeleble en los habitantes de los 25 pueblos que atravesaron antes de llegar al corazón del país.

Conforme se acercaban al D.F., el cansancio se hacía visible, se reflejaba en los rostros requemados por el sol, se palpaba en las ropas desgastadas y en los zapatos destrozados. Pero ni el cansancio de los rostros ni el estado del calzado, correspondían al ánimo de las y los marchistas. El espíritu combativo, la convicción de que su causa es justa y legítima, se respiraba en el ambiente que rodeaba a la plaza de San Miguel Teotongo, en Iztapalapa, en donde rodeados de solidaridad se daban un respiro para reanudar la caminata ese 18 de octubre de 2006.

Seguir el camino, aguantar, echar consignas en contra del asesino, recibir los aplausos de quienes alían de sus casas a presenciar el testimonio de la dignidad de un pueblo. Y así atravesó la marcha el puente de Zaragoza para entrar a la octava región de Oaxaca: Ciudad Nezahuealcóyotl.

El recibimiento que dieron las y los paisanos a los marchistas es indescriptible: de pronto la calle se convirtió en el escenario de la fiesta, con banda, pancartas, consignas, abrazos, y eso sí, mucha comida.

No faltaron los grupos que aprovecharon para reivindicar a López Obrador -señor poderoso ajeno al sufrimiento de este pueblo oaxaqueño- para llevar sus banderas amarillas y mantas mandadas hacer sobre pedido con apoyo del erario público, contraste con cartulinas blancas pintadas con plumones de colores, sostenidas por mujeres que gritaban emocionadas "¡no están solos!", o que simplemente alzaban el puño izquierdo en solidaridad con la lucha.

Y así fue la entrada a Ciudad Neza, entre los aplausos y las muestras de apoyo, de quienes compartían el coraje de saber que Ulises Ruiz seguía - y sigue- impune. En una farmacia, la encargada de despechar los medicamentes similares, comentaba emocionada "Yo soy de Oaxaca, y estoy esperando para ver si vienen mis maestros de la primaria…".

Como siempre, la ciudad de México les dio la bienvenida con su muy particular estilo, con su desfile de personajes contradictorios. Atravesaron la Merced, ante la indiferencia de algunos y el asombro de otros. Bajo las miradas de las sexoservidoras, esa a las que ya no sorprende nada.

Y de pronto, el fondo apareció la gran bandera manchada por el smog capitalino, y atrás, el viejo edificio de la catedral. Algunas maestras preguntaban a los chilangos que íbamos acompañando los contingentes si ya había llegado, los rostros cambiaron la tensa expresión por otra que reflejaba emoción de haber concluido un largo camino.

Para los ojos que han visto cientos de contingentes tomar la plancha del Zócalo, la escena fue nueva, esta vez entraban en filas, cantando Venceremos, entre aplausos, y también entre lágrimas.

Después del mitin, de la emoción, con los pies hinchados pero con el alma intacta se instaló el campamento compuesto por carpas improvisadas, armadas por mujeres y hombres tan generosos que decidieron compartir con los capitalinos un poquito de su gran dignidad, de esa que a ellos les sobra de la que Ulises Ruiz nada conoce.

Así concluyó un capítulo entrañable de la batalla que ha librado Oaxaca. Otro se abría, con miles de historias que merecen ser contadas, no sólo por quienes prestamos nuestros ojos como testigos, más aún, por quienes tuvieron el valor de protagonizarlas.

No cabe duda, es un pueblo sabio, forjador en la lucha. Y por ahí algún escrito dijo: Si hay una lucha que merece ser ganada, esa es la de Oaxaca.