Isadora Duncan:
La pasión y la libertad de la danza combativa
Mónica Fragoso Pasalagua

Pluma No. 6 - Primavera 2007

La danza surge de las entrañas del hombre y la mujer, de la fusión de sus cuerpos en el sonido a veces profano, sagrado o lascivo. Engendra las formas caprichosas de la nada evocando la sensualidad de lo imaginario o de lo existente.

Tan fresca y tan viva la danza, es hija de su tiempo y de quienes reclaman para sí el derecho a descubrir la complejidad de su ser al tocar sus fibras más sensibles.

Una de estas mujeres fue Asadora Duncan, una bailarina estadounidense nacida en San Francisco en 1878. Pionera de la danza moderna, dedicó su vida a sentar las bases de esa forma de bailar con la que pudieran expresarse los "sentimientos y emociones de la humanidad".1 Isadora representa la lucha por liberar a la danza de la rigidez de la técnica, que si bien es necesaria para dar precisión al ejecutante, suprime la espontaneidad y las nuevas posibilidades interpretativas.

Su lucha pasa por vencer los prejuicios de su tiempo enfrentando la opresión hacia las mujeres. Cuenta en su libro Mi vida, "empecé a observar las caras de las mujeres casadas que eran amigas de mi madre, y noté que en cada una de ellas había la huella del mounstro y los estigmas de la esclavitud […] Me impresionó profundamente la injusticia que padecían las mujeres y relacionando mis lecturas con la historia de mi padre y de mi madre, decidí, de una vez y para siempre, que consagraría mi vida a luchar contra el matrimonio y en favor de la emancipación de la mujer y de los derechos de toda mujer a tener uno o varios hijos cuando le plazca sin mengua de su honor".2

La rebeldía de su pensamiento, aún vigente, trastocó a la moral burguesa -que exige a la mujer suprimir el placer sexual y guardarse a su marido para garantizar que sus bienes sean heredados a sus hijos de sangre-, comulgando con el ejercicio del "amor libre", es decir, con el ejercicio libre de su sexualidad fuera del matrimonio. Defendió su derecho a elegir con libertad unirse o no en matrimonio, tener o no hijos, vivir con o sin el padre de sus hijos. Se refería al matrimonio como "una absurda institución de esclavitud que conducía sin remedio […] al proceso de divorcio y a una vulgar situación legal."3

Inmersa en una sociedad donde las mujeres no eran protegidas por las leyes del Estado burgués, el matrimonio representaba un conjunto de desventajas interminables. Explicaba en cambio, "una de las cosas que ha hecho el gobierno de los soviets es la abolición del matrimonio. Un hombre y una mujer escriben sus nombres en un libro y debajo de la firma se leen las siguientes palabras: Esta firma no implica ninguna responsabilidad para ninguna de las partes, y puede ser anulada a la sola petición de una de ellas. Un matrimonio así es el único convenio que puede admitir una mujer de inteligencia libre y la única forma de matrimonio que yo he suscrito".4

La diferencia radicaba en que este tipo de matrimonio hacía responsable directo de la educación y sustento de los hijos al Estado obrero, lo que permitía que la pareja pudiera separarse sin preocuparse por mantenerlos o repartirse los bienes adquiridos.

Los cambios que resultaron de la primera revolución obrera, la primera Guerra Mundial y los avances científicos y tecnológicos, obligaron al replanteamiento del conjunto de las relaciones sociales. El arte y la filosofía tuvieron que empezar a romper con los viejos esquemas e Isadora lo hizo.

La irreverencia de su danza fascinó a su público, formado principalmente por jóvenes. Usaba una túnica liviana -roja en sus danzas revolucionarias-, aparecía en el escenario sin maquillaje, con el cabello suelto, sin zapatillas y representando el dolor, la tragedia o la muerte. Bailó en alguna ocasión enredada en la bandera Argentina -razón por la que cancelaron sus presentaciones en ese país- y el día en que se anunció la revolución rusa, según cuenta, "…todos los amantes de la libertad experimentaron un júbilo de esperanza. Aquella noche bailé La Marsellesa con el verdadero espíritu revolucionario que la inspiró. Luego interpreté La Marcha eslava en la cual figura el Himno al Zar y reflejé la humillación de los siervos bajo los chasquidos del látigo […] La noche de

aquella revolución rusa bailé con júbilo feroz. Mi corazón estallaba dentro de mi pecho al sentir la liberación de todos aquellos que habían padecido, que habían sido torturados y que habían muerto por la causa de la humanidad". 5

No olvidaba lo que le tocó presenciar en el año 1905 en una gira por Rusia: un cortejo fúnebre de obreros fusilados en el Palacio de Invierno, "fusilados porque se presentaron al zar sin armas para pedirle un auxilio a su miseria y un poco de pan para sus mujeres y sus niños […] Las lágrimas ahogaron mi garganta. Y contemplaba con indignación infinita a aquellos trabajadores que llevaban en hombros a los mártires muertos."6

Tenía en su repertorio dos danzas fúnebres en memoria de Lenin y una marcha que se llamaba Con coraje camaradas, y otras danzas revolucionarias como El joven guardia y La canción del trabajo.

Creía que en la nueva Rusia podría fundar su Escuela de la Danza futura. Cuenta, "En el camino hacia Rusia, experimenté la sensación de que mi alma se despegaba de mi cuerpo, como después de la muerte; sensación que estaba justificada por la índole del viaje. Iba hacia otra esfera. Detrás de mí dejaba para siempre todas las formas de vida europea. Creía yo efectivamente, que el Estado ideal, soñado por Platón, Carlos Marx y Lenin, había sido, por milagro, implantado en la tierra. Con toda la energía de mi ser, decepcionado en sus tentativas de realizar sus visiones artísticas en Europa, me hallaba dispuesta a ingresar en el dominio ideal del comunismo. No llevaba ropa. Me figuraba que iba a pasar el resto de la vida con una blusa de franela roja, entre camaradas igualmente vestidos con sencillez y llenos de amor fraternal […] A medida que el navío avanzaba, miraba hacia atrás con desprecio y piedad, recordando las viejas instituciones y costumbres de los burgueses europeos. En adelante sería yo una camarada entre camaradas y desenvolvería un vasto plan de trabajo para la regeneración de la Humanidad. ¡Adiós, pues, a la inigualdad, la injusticia y la brutalidad del Viejo Mundo, que había hecho imposible mi escuela!"7

De su llegada a Rusia dice: "No era un Moscú sucio, de calles descuidadas y de vida lánguida, como pretendían determinadas propagandas, sino una población animada y animosa […] los teatros estaban concurridísimos y los museos, que se habían triplicado en poco tiempo, eran, muy visitados".8

Los hijos de los obreros podían acceder al arte como nunca en la Rusia zarista, sin embargo el sueño de abrir su escuela no se concretó.

El escándalo y la tragedia rondaban su vida artística y personal. Se casó con el poeta ruso Serguei Esenin, diecisiete años menor que ella, también bisexual, que se suicidó en 1925. Con el escenógrafo inglés Edward Gordon Creaig tuvo una hija, Deirdré. Su segundo hijo Patrick, fue de su intensa relación con Paris Singer, heredero del negocio en máquinas de coser Singer. Sus hijos murieron ahogados con su niñera al accidentarse el automóvil en que viajaban.

Isadora murió el 14 de septiembre de 1927 en un accidente de automóvil. La prensa decía que mientras "…paseaba en automóvil, y hallándose en el Paseo de los Ingleses, el cabo de un 'echarpe' que llevaba al cuello se enganchó en una de las ruedas traseras del coche y el tirón la hizo caer hacia atrás estrangulada. Al ser recogida por los transeúntes que acudieron en su auxilio, se vio que tenía rota la columna vertebral. La muerte debió ser instantánea." 9 Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de Pére Lachaisé de París.

Isadora Duncan o Dora Ángela como se llamara originalmente, fue una mujer de contradicciones e intolerancias, pero también una estudiosa que se rebeló a la educación formal impartida en las escuelas. Que en su esfuerzo por expresar, en gestos y movimientos la verdad de su ser,10 descubrió su feminidad reconociendo las dificultades de la mujer común para acercarse a sí misma y escapar de la obligatoriedad a la infancia permanente que teme, que rechaza o que suprime su naturaleza no necesariamente heterosexual pero inalienable, a ser mujer.

Sin duda su aportación a la danza es redescubrir la pasión y la libertad de la que nace, hacer de la danza la revolución permanente que comunica los grandes problemas de su tiempo, que busca y rebusca en su propia historia la esencia de su quehacer combativo para el mundo y para sí misma. Esa danza que se rebela al orden existente que hace de sus ejecutantes adornos decorativos o criados con clase, esa que se rebela contra quien menosprecia la sangre femenina. Sangre ardorosa que con dignidad enfrenta la voracidad del coreógrafo o del empresario para ganarse un lugar en el escenario.


(1) Duncan, Isadora. "Mi vida". Ed. Losada, Buenos Aires 1938. Ed. Fontamara. Barcelona.1992.
(2)Ídem. p. 20.
(3) Ídem. p.207.
(4) Ídem. p. 22.
(5) Ídem. p.263.
(6) Ídem. p.179.
(7) Íbidem
(8) Aguilera, M. Emiliano. Isadora Duncan en la U.R.S.S. En "Pasión y tragedia de Isadora Duncan". Editorial Iberia S.A. Barcelona, 1947. pp.223-232.
(9) Ídem. p. 373.
(10) Ídem. p. 20.
Referencias:
Acevedo, Mariela. "Isadora Duncan y el espíritu de una época". Buenos Aires, 2005.
Aguilera, M. Emiliano. Isadora Duncan en la U.R.S.S. En "Pasión y tragedia de Isadora Duncan". Editorial Iberia S.A. Barcelona, 1947.pp. 223-232.
Duncan, Isadora. "Mi vida" .Ed. Losada., Buenos Aires, 1938. Ed. Fontamara., Barcelona,1992.

Ilimitada libertad científica y artística bajo la República obrera
¿Qué sucederá con el arte bajo el régimen de la democracia obrera? ¿Tendrá mayores libertades para expresarse?
Me remito nuevamente al ejemplo de la Revolución Rusa. No es casual, por ejemplo, que Isadora Duncan hubiera vivido y trabajado en la Unión Soviética: la revolución atrajo en su momento a los grandes artistas del mundo. Una de las consecuencias más trágicas del estalinismo fue la persecución de las corrientes artísticas, al entronizar un arte oficial.
La gran tarea de la clase obrera al autodeterminarse democráticamente es la transformación de la sociedad. Es una tarea político-social, centrada en primer término en lo económico. Para nosotros no existe un arte obrero ni una ciencia obrera, ni tampoco un arte o ciencia oficial del partido dirigente. Todo lo contrario, el Estado obrero debe otorgar plenas libertades a las escuelas científicas y artísticas, y eso incluye proporcionarles los medios materiales para que puedan trabajar y expresarse. En este terreno la libertad debe ser ilimitada.

Conversaciones con Nahuel Moreno, por Tuny, Raúl, y Zadunaisky, Daniel, Buenos Aires, Ed. Antídoto, 1985.