PLUMA No.1

Revista teórica marxista de política, arte y literatura

No. 1 Invierno del 2005

 

Vlady (1920-2005)
El arte como resistencia
Por: Ramón Muñoz

Seguramente, el Palacio de Invierno, la Fortaleza de Pedro y Pablo, la catedral de San Isaac, el Instituto Smolny y el Monumento a Pedro el Grande, en Petrogrado, Rusia, aún resguardan los ecos infantiles de un niño siempre con azoro, inquieto, empecinado en conocer los misterios de la iconografía religiosa y las manifestaciones artísticas de una Rusia, la de los zares, disuelta recientemente por el mar embravecido de la revolución proletaria.
La infancia de Vladimir Kibalchick Russakov, "Vlady" para los camaradas y amigos, era una aventura permanente que se iniciaba todos los días en el Hotel Astoria -sitio donde nació el 15 de junio de 1920--, para dirigirse a los monumentos, perspectivas, avenidas, bibliotecas y cafés más importantes, hasta concluir en el museo Hermitage, en donde se escondía el secreto de su vocación y de sus futuras convicciones.
A Vlady le tocó vivir temprano un ambiente de revolucionarios, intelectuales y perseguidos, en los últimos destellos de una época posrevolucionaria cargada de gran apertura y florecimiento cultural, una especie de Renacimiento ruso del siglo XX, y de un cerco imperialista criminal, causa de hambre, enfermedades, violencia y muerte.
En efecto, hablamos de finales de los años veinte y el primer lustro de los treinta. Aquí, entre bolcheviques y libertarios de todo el mundo, Vladimir Kibalchick bebió la sustancia de la diversidad, de los misterios de un mundo plural expresado en un marco variopinto de lenguajes y símbolos, y en interpretaciones a veces disímiles o encontradas. Este era un ambiente dinámico hasta al mareo, vivido al lado de su padre, el escritor Víctor Serge (Victor Kibalchik) y su madre Liuba Russakov; un espacio cuyo fuego democrático aceleró los procesos y convicciones del artista que germinaba en el talentoso infante.
Pero lo de Vlady no todo fue feliz recorrido. Vivió la soledad del exilio y la persecución estalinista al lado de Victor Serge, su talentoso y sabio padre, ya en Siberia, Francia, España o el Caribe y, como si las tenazas de los antiguos compañeros de partido, convertidos en criminales por el nuevo tirano, no tuvieran límites, también en México.
Era 1941 cuando Vlady se integró al ámbito artístico de su nuevo país. Ya tenía un mundo recorrido, un montón de vivencias y conocimientos, una visión de la universalidad abrevada en la experiencia directa, el debate fraterno o en el intercambio intelectual. Era un joven maduro cuyo arsenal lo hacía aparecer como un creador enciclopedista, notablemente expansivo, siempre presto a aludir, en varios idiomas y como ametralladora, a autores, obras, pinturas, revoluciones, historias, viajes, sueños y quimeras.
La vida de Vlady en este país fue muy productiva. Como hijo de la revolución, siempre estuvo atento a los eventos que se efectuaban en el mundo, estableció un hilo solidario con los trotskistas mexicanos y con los revolucionarios que eran perseguidos por la sevicia de Stalin o por las dictaduras latinoamericanas.
Como auténtico ciudadano del planeta Tierra, proveniente de una familia de anarquistas que hacían de sus exilios una eterna peregrinación a las bibliotecas más ricas del mundo y a los museos cuyas joyas eran una síntesis del drama mundial, se inscribió en las corrientes artísticas y plásticas que hacían de la ruptura una necesidad impostergable, ante el anquilosamiento de los discursos artísticos de la cultura oficial.
Aunque Vlady, hay que reconocerlo, como ruso bien nacido, como mexicano embriagado de sol, jamás soslayó el peso de las tradiciones, a las que acudía con frecuencia con el entusiasmo infinito del artista amoroso que necesita de las voces y ecos de sus antepasados. Esta era, finalmente, una postura original, sustantiva, que fundía sin aspavientos a la tradición con la modernidad.
Por ejemplo, en la biblioteca Lerdo de Tejada, especie de Capilla Sixtina de la ciudad de México, dejó un testimonio no sólo de su pintura en técnica mixta y el uso magistral de sus recursos, también de su cosmovisión como revolucionario, como artista libertario que reflexiona acuciosamente, todos los días, acerca del genio creador del hombre a la hora de cuestionar las ideas y reglamentos establecidos, cuando se integra a los grandes movimientos sociales que llenan de universo las conciencias de los trabajadores, artistas y científicos oprimidos, y las asocia con la idea de Revolución.
Vlady, qué duda cabe, fue un gran pintor. Dueño de una pincelada experta, repleta hasta la saciedad de sentimiento y una cultura cromática que despierta al espectador más distraído, también destacó en el grabado y fue reconocido como un dibujante que captó con habilidad y genio, con trazo delgado y suelto, los intríngulis pasionales que se graban indeleblemente en el rostro de los hombres.
Vlady ya no está con nosotros. Murió en Cuernavaca, Mor., el 21 de julio del 2005, a los 85 años de edad. Pero el amigo de los trotskistas, el camarada, estará siempre presente en los muros, en los cuadros y, en general, en las obras impresas donde depositó su idea personal acerca del destino del hombre y de la revolución como proceso ineludible para liberarlo.

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